Tiburón (Jaws, 1975) es la película que convirtió a Steven Spielberg en leyenda y transformó para siempre los veranos en Hollywood, pero detrás de ese éxito rotundo se esconde una de las producciones más caóticas de la historia del cine. Con apenas 27 años y luciendo un acné que no inspiraba confianza a su experimentado equipo, Spielberg enfrentó lo que él mismo describió como «trabajar dentro de un terremoto»: un rodaje planeado para 55 días que se extendió a 159, un presupuesto que explotó de 4 a 9 millones de dólares, y tres tiburones mecánicos apodados «Bruce» —en honor a su abogado Bruce Ramer— que simplemente se negaban a funcionar. El agua salada del Atlántico corroía los sistemas neumáticos, la espuma de neopreno «no absorbente» se empapaba e hinchaba a los escualos mecánicos, y en más de una ocasión Bruce se hundió directamente al fondo del océano. El equipo, frustrado, comenzó a llamar a la película «Flaws» (Defectos) en vez de «Jaws», y Spielberg estaba convencido de que sería despedido. Pero ese desastre técnico se transformó en genialidad pura: al no poder mostrar al tiburón, Spielberg recurrió a Hitchcock y creó algo infinitamente más aterrador: la sugerencia del monstruo con ángulos submarinos, tomas desde el punto de vista del depredador, y esas dos inquietantes notas musicales de John Williams que —créelo o no— Spielberg pensó que eran una broma cuando las escuchó por primera vez. Curiosamente, la propia película incluye una escena profética: en las playas de Amity aparece un arcade playero con un tiburón agonizando en una pantalla sangrienta, augurando sin saberlo la convergencia entre cine y videojuegos que llegaría apenas meses después.
Lo que hace a Tiburón inolvidable no es solo su suspense magistral, sino el magnetismo de su triángulo dramático a bordo del Orca. Roy Scheider como el jefe Brody (quien inmortalizó la frase improvisada «Vamos a necesitar un barco más grande» después de ver al tiburón por primera vez), Richard Dreyfuss como el oceanógrafo Hooper, y el brillante pero problemático Robert Shaw como Quint, el cazador obsesionado con ecos de Ahab persiguiendo a Moby Dick. Shaw era un bebedor empedernido que convenció a Spielberg de dejarlo tomar «unas copas» antes de filmar el legendario monólogo del USS Indianapolis —la escena donde Quint relata cómo más de 500 marinos fueron devorados por tiburones oceánicos tras el hundimiento del crucero en 1945—. Shaw se emborrachó tanto que tuvieron que cargarlo fuera del set y cancelar la jornada. A las 2 AM llamó a Spielberg sin recordar nada. Días después, completamente sobrio, filmó la toma en pocas repeticiones y Spielberg declaró que fue «como ver a Olivier sobre el escenario». Ese monólogo no estaba en el guion original de Peter Benchley, sino que fue escrito por el dramaturgo Howard Sackler, expandido por John Milius, y finalmente pulido por el propio Shaw. La tensión entre Shaw y Dreyfuss era tan real fuera de cámara como en pantalla, lo que intensificó sus escenas juntos de forma orgánica. El fenómeno de Tiburón saltó inevitablemente a los videojuegos, aunque el camino fue tan turbulento como el rodaje de la película: en 1975, Nolan Bushnell de Atari intentó obtener la licencia oficial, y al ser rechazado por Universal creó «Shark Jaws» como un bootleg descarado, jugando con el logo poniendo «SHARK» en letra pequeña y «JAWS» en grande para bordear las demandas legales. Colocaron unas 2,000 máquinas arcade de este tiburón pirata que se convirtió en uno de los primeros «tie-ins» cinematográficos no autorizados de la historia.
El impacto cultural de Tiburón va mucho más allá de los 476 millones que recaudó mundialmente, convirtiéndose en la película más taquillera de la historia hasta que Star Wars la destronó en 1977. Universal apostó por algo revolucionario: lanzarla simultáneamente en más de 450 cines con una campaña masiva de televisión, inventando así el concepto del «blockbuster de verano» que domina Hollywood hasta hoy. Las playas se vaciaron en el verano de 1975, los avistamientos de tiburones en Estados Unidos batieron récords en 1975 y 1976, y generaciones enteras desarrollaron selacofobia (miedo irracional a los tiburones) de la noche a la mañana. El propio Spielberg desarrolló tal pánico al agua que no filmó el último día del rodaje, convencido de que el equipo lo tiraría al mar como venganza, una superstición que lo acompañó toda su carrera. Doce años después, en 1987, LJN lanzó el infame videojuego oficial de Jaws para NES, una adaptación extrañamente basada en Jaws: The Revenge (la peor secuela) donde jugabas como un buzo anónimo navegando de puerto en puerto, enfrentándote a mantarrayas, medusas y tiburones bebés en pantallas submarinas repetitivas para acumular caracolas y mejorar tu arpón hasta poder enfrentar a Bruce en una batalla final. El juego requería 14 personas para operar el tiburón mecánico digital, una ironía considerando los problemas con los tres Bruces reales del rodaje. Aunque fue criticado como uno de los peores juegos NES —el Angry Video Game Nerd lo destrozó públicamente—, vendió decentemente gracias al poder de la franquicia. En 1989, Screen 7 tuvo el descaro de lanzar otra versión para Amstrad, Spectrum, C64, MSX y Atari… ¡catorce años después del estreno de la película! Para 2006 llegó «Jaws Unleashed» para PS2 y Xbox, finalmente permitiendo jugar como el tiburón en un sandbox submarino, invirtiendo los roles de cazador y presa. El lado oscuro del éxito fue devastador para los tiburones reales: la caza indiscriminada aumentó drásticamente, reduciendo poblaciones enteras de una especie que había sobrevivido millones de años. Peter Benchley dedicó sus últimos años a la conservación marina, arrepentido de haber creado al villano más malentendido del cine. Tiburón ganó tres Oscars (montaje, música y sonido), no mostró al escualo completo hasta 1 hora y 21 minutos de metraje, generó tres secuelas olvidables y una docena de videojuegos mediocres, pero demostró que a veces los peores desastres de producción paren las mejores obras maestras del séptimo y octavo arte.
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