La placa base es uno de los componentes más difíciles de evaluar a la hora de montar un PC. Todo el mundo sabe que importa tener una buena, pero pocas veces queda claro exactamente por qué. En este artículo vamos a responder dos preguntas concretas: qué hace que una placa base sea mejor que otra, y cómo se comparan tres de los modelos más populares en la gama de 300 euros con chipset Z390 de Intel.

Las tres placas analizadas son la Gigabyte Z390 Aorus Master, la MSI Z390 MEG Ace y la ASUS Maximus XI Gene, todas probadas con un Intel Core i9-9900K overclockeado a 4,9 GHz estables a 1,27 voltios.

¿Realmente importa la placa base para el rendimiento?

Existe el mito de que una placa base de gama alta va a hacer rendir mejor al procesador. Las pruebas realizadas por Gamers Nexus demuestran que la diferencia entre una placa Z360 de 70 euros y una Z370 de 300 euros es de apenas unos 30 puntos en Cinebench. Una diferencia prácticamente imperceptible en el uso real y en los juegos.

Lo que sí varía entre gamas son los conectores disponibles, el número de puertos M.2 para discos SSD, la cantidad de cabezales para ventiladores, la iluminación RGB y algunos extras. Pero el factor que marca la diferencia real entre una placa barata y una cara, el que de verdad justifica gastar más dinero, es el VRM.

Si no vas a hacer overclocking, la recomendación es clara: compra la placa más barata que cumpla con tus requisitos de conectividad y listo.

Qué es el VRM y por qué es tan importante

El VRM, o Voltage Regulator Module, es el regulador de voltaje de la placa base. Su función es transformar los 12 voltios que llegan desde la fuente de alimentación en el voltaje que necesita el procesador, que normalmente se mueve entre 0,6 y 1,3 voltios según el modelo y la situación de carga.

El método que usa el VRM para hacer esa transformación es ingenioso y eficiente. Un pequeño interruptor llamado MOSFET (transistor de efecto de campo semiconductor de óxido metálico) se abre y se cierra continuamente generando pulsos de corriente. La cantidad de pulsos por segundo se mide en herzios, y la duración de cada pulso determina cuánta corriente pasa. Este sistema se llama PWM, modulación por ancho de pulso.

Esos pulsos de corriente llegan a una bobina especial llamada choke, que los absorbe y los va liberando de forma progresiva, suavizando el flujo. Por último, un condensador estabiliza aún más la corriente para que el voltaje que llega al procesador sea lo más limpio y constante posible. Todo este conjunto es lo que forma una fase de alimentación.

El problema es que el voltaje que llega desde la fuente de alimentación tiene pequeñas fluctuaciones constantes provocadas por la red eléctrica. Para compensarlo, las placas base usan varias fases de alimentación trabajando en paralelo con los pulsos ligeramente desplazados en el tiempo entre sí. Al combinar las señales de todas las fases, el voltaje final es mucho más estable.

Fases reales y fases dobladas: no todo es lo que parece

Al comparar placas base es habitual ver especificaciones como «12 fases» o «14 fases». Sin embargo, ese número no siempre significa lo que parece. Muchas placas usan un diseño de fases dobladas, donde un componente llamado doblador reparte el trabajo de una fase real entre dos líneas independientes.

Las fases dobladas no producen una señal más limpia como lo harían las fases reales, pero sí hacen que el VRM sea más resistente al desgaste y capaz de manejar cargas de corriente más altas. Es importante entender esta distinción al comparar especificaciones en papel.

Las tres placas analizadas: diseño del VRM

La MSI Z390 MEG Ace presenta 13 líneas en total, de las cuales 12 se destinan a los núcleos del procesador. En realidad son 6 fases reales con dobladores, controladas por el integrado IR35201. Los dobladores están ubicados en la parte trasera de la placa.

La Gigabyte Z390 Aorus Master tiene 14 líneas, 12 para los núcleos y 2 para la gráfica integrada del procesador. Igual que la MSI, usa 6 fases reales con dobladores controlados por el mismo IR35201. Tiene 2 dobladores en la parte frontal y 4 en la trasera, además de un cover de aluminio en la parte posterior que también ayuda a refrigerar los componentes.

La ASUS Maximus XI Gene es la más diferente de las tres. Tiene 10 fases en total, 8 para el procesador, con 4 fases reales y dos conjuntos trabajando en paralelo dentro de cada una. No usa dobladores. ASUS llama a este diseño VRM de ocho fases gemelas, pero en la práctica son 4 señales distintas que van directamente a dos fases simultáneas. Hubo bastante debate en la comunidad sobre este diseño, y según el overclocker profesional der8auer, el motivo principal detrás de esta arquitectura es la reducción de costes de fabricación. Sea como sea, el resultado es que esta placa tiene menos fases que la competencia.

Otras diferencias a tener en cuenta

Más allá del VRM, las tres placas presentan algunas diferencias notables. En cuanto a los puertos PCIe reforzados, la MSI y la Gigabyte tienen los tres slots preparados para tarjetas gráficas con refuerzo metálico, mientras que la ASUS solo los tiene apantallados. Respecto a los puertos M.2 para SSD, la ASUS tiene dos unidades con disipador, la Gigabyte tiene tres con disipador y la MSI tiene tres pero solo uno con disipador. La ASUS además no incluye doble BIOS, característica que sí ofrecen las otras dos.

Resultados de las pruebas: temperatura y estabilidad del voltaje

La prueba consistió en correr Prime95 durante media hora en modo In-Place Large FFT, el modo que exige el máximo consumo de corriente al procesador, con el sistema a 4,9 GHz y 1,27 voltios. Se midieron la temperatura del VRM mediante HWiNFO y la temperatura superficial del disipador, además de la estabilidad del voltaje.

La ASUS Maximus XI Gene alcanzó 77 grados en el VRM y 63 grados en la superficie del disipador. Para mantener el voltaje estable fue necesario activar el perfil más alto de Load Line Calibration, algo inusual y que indica que el VRM tiene dificultades para mantener la tensión bajo carga máxima sostenida.

La MSI Z390 MEG Ace se quedó en 62 grados en el VRM y 50 grados en la superficie. Pudo mantener los 1,27 voltios estables con el cuarto perfil de Load Line Calibration, sin necesidad de recurrir al nivel máximo. Unos 15 grados menos que la ASUS en el VRM, una diferencia considerable.

La Gigabyte Z390 Aorus Master obtuvo los mejores resultados: 55 grados en el VRM y 41 grados en la superficie del disipador, unos 22 grados menos que la ASUS y 7 menos que la MSI. La chapa trasera que refrigera los dobladores contribuye claramente a estos números. También necesitó el cuarto perfil de Load Line Calibration para mantener el voltaje estable.

Conclusión: cuál comprar

Para un uso en overclocking estable y sostenido, la Gigabyte Z390 Aorus Master es la ganadora clara de esta comparativa. Su sistema de disipación frontal y trasero consigue las temperaturas de VRM más bajas, su voltaje es el más estable y además ofrece tres puertos M.2 con disipador, lo que la hace especialmente adecuada para builds con varios SSD de alta velocidad.

La MSI Z390 MEG Ace queda en segundo lugar, muy cerca de la Gigabyte en muchos aspectos, con buena estabilidad de voltaje y temperaturas más que aceptables. Es una placa sólida que compite de tú a tú con la ganadora.

La ASUS Maximus XI Gene, pese a su precio similar, queda claramente por detrás. Sus temperaturas de VRM son notablemente más altas, necesita recurrir al nivel máximo de Load Line Calibration para mantener el voltaje y ofrece menos características que sus competidoras. No es una mala placa, funciona correctamente, pero a 300 euros no está a la altura de la competencia en esta generación.

Una aclaración importante: estas conclusiones son específicas para estos tres modelos en la gama Z390. No representan la calidad general de cada marca en toda su gama de productos. Las tres empresas tienen excelentes placas en otros segmentos de precio.

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